Liturgias del Deseo

El corazón ya no es delator

El corazón ya no es delator:
cesaron todas las pieles
que se avistaron en el cortejo
de mis racimos ponzoñosos,
de mi cólera embrujada,
mi doliente rabia;
mi pulsión psicótica de muerte.
Mi infancia.

¡El corazón ya no es delator, mi vida!
Que me embista el martirio hecho buitre
y entrecorte los nervios de mi vista,
si acaso peco
en nombrar la desdicha del amor.

Ya no hay amor:
hay, en un tedio celestial,
un desarraigo,
un desapego que grita
a los campos de las quejumbrosas palabras.
Se desglosan de mi boca,
son himnos de libertad.

¿A quién querías,
en un intrépido intento,
devastar?

Yace, improfanable,
el ávido plumaje de este cuervo;
su graznido,
su cuerpo que desviste a la carroña,
alimenta más a la lujuria nocturna
que tus bimestrales embrujos,
tus decadentes encantos.

Le escribo al terror,
quien puede erotizar mi verso
sin ser tu sombra desbocada,
hechicera e injuriante:
nunca me has de probar.

Avístate en la penuria de la luna,
gato negro
de horizonte en extravío.
¡Deja de retumbar en mi corazón!

El desapego delata
cuán lejos estás
de mi alma anhelante,
mi pecado hecho obra.

No serás, en el frío insomnio,
el caudal de mi muerte.

Milagros Gomez