Análisis de Sangre
Hacerse un análisis de sangre después de una noche de pasión era algo que algunas personas hacían por precaución. Lo mío rozaba lo absurdo.
No me habían mordido. Fui yo quien probé la sangre.
Y desde ese momento, algo en mí estaba… mal.
Después de reducir al ladrón en la galería, mi mente no podía apartarse de lo que había pasado con Celia. ¿Y si me había contagiado algo? ¿Y si mi cuerpo ya no era el mismo? Solo había una forma de saberlo.
Sentada en la camilla de la clínica, me obligué a respirar hondo mientras la enfermera preparaba la aguja. Tenía que comprobarlo.
—Relájese, inspectora. Será solo un pinchazo.
Apreté el puño cuando la aguja perforó la piel de mi brazo.
Nada.
La enfermera frunció el ceño. El émbolo no se movió ni un milímetro.
—Vaya, sus venas están un poco rebeldes. Vamos a intentarlo de nuevo.
Otra punción. Nada.
Frío. Un frío muerto.
—Eso es raro…
Tercer intento. Nada.
—Debe de estar deshidratada…
“Deshidratada no, muerta.”
Estaba a punto de decirle que parara cuando algo más se volvió evidente.
Ella olía bien.
Demasiado bien.
Su pulso era un eco vibrante en mis oídos, cada latido una invitación. Su piel… su piel parecía más suave, más cálida. Todo en mi interior gritó que me acercara.
Sentí un pinchazo en las encías antes de que mi lengua rozara los colmillos.
No. Aquí no.
Me levanté de golpe.
—¿Sabe qué? Mejor lo dejamos.
—Pero aún no hemos…
—Estoy segura de que todo está bien. Buenos días.
Me alejé sin mirar atrás, sintiendo la quemazón en mi garganta. Sal de aquí antes de hacer algo estúpido.
Pero entonces, antes de llegar a la salida, escuché mi nombre.
—Valeria Doria.
Me giré.
Un hombre con bata blanca me observaba desde el mostrador de recepción. Sus ojos tenían un brillo extraño.
—Interesantes resultados los tuyos —murmuró, con una sonrisa que me revolvió el estómago.
Mi corazón —o lo que quedaba de él— se detuvo.
—¿Quién eres?
El médico inclinó la cabeza, divertido.
—Digamos que alguien como tú.
El mundo pareció inclinarse. No. No podía ser.
El médico dejó sobre el mostrador un sobre con mi nombre y se alejó por el pasillo.
Temblando, lo abrí.
Los resultados eran imposibles.
—Glóbulos rojos: 0.
—Glucosa: 0.
—Temperatura corporal: 22°C.
Un post-it amarillo estaba pegado en la esquina.
“Bienvenida al otro lado.”
Cuando salí a la calle, el aire frío de la madrugada me golpeó. El cielo empezaba a clarear en el horizonte. Algo dentro de mí se tensó. Por instinto, me subí el cuello de la chaqueta y apresuré el paso.
No sabía por qué, pero la idea del amanecer me ponía enferma.🩸 FIN 🩸
Candela Decadente
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29 Marzo 2025
